sábado, 17 de mayo de 2014

Dulce tortura





Atada, maniatada, desde mi postura puedo ver las mariposas que tienes pintadas en la pared. Estoy en una silla semidesnuda porque tu lo has querido de esta manera, para darme el placer más indescriptible según me has relatado en nuestras conversaciones telefónicas más tórridas, siempre de noche y entre susurros y jadeos a horas intempestivas y nada permisibles.
Y me parece que las mariposas vuelan como yo y se van entre las flores del valle bajo el tibio sol en dónde mi piel se broncea desnuda y gotitas de sudor recorren mi ombligo.
Y espero recibir tu lengua voraz en mi sexo, es lo que más anhelo por el momento pero antes me acaricias lentamente, desde las puntas de mis dedos, hasta mi cabello rizado y revuelto, recorriendo mi piel milímetro a milímetro con tu lengua, con tus manos suavemente perfumadas con aceite de argán.
Y tientas mi sexo con tus dedos inquietos y te pido que me desates y me lleves a la cama, no puedo disfrutar desde está posición, no puedo darte todo lo que quiero y necesito que continuemos de otra forma, pues esto para mi es un dulce infierno sinuoso.
Me complaces, pero antes vendas mis ojos, y lo último que veo son esas tiernas mariposas de colores que vuelan libres a su antojo en la pared del comedor. Y susurras palabras cargadas de intenciones deshonestas mientras me diriges hacia tu habitación y me llega el dulce perfume de sándalo que se desprende de un rico incienso que poco a poco se consume.
Y te desprendes de tu ropa, siento como caen al suelo tus vestiduras, cuál pétalos de flores y vuelves a mi, como un adán pero sin la hoja de parra en tu sexo y acabas de desnudarme por completo, me despojas de la falda, de las braguitas, aunque lo único que me dejas son esas medias de red a medio muslo que te gustan tanto y me pides que me quede muy quieta o si no volverás a atarme.
En esta posición  privada de la vista, recuerdo nuestras llamadas calientes, las fotos eróticas de whatssap nuestra incipiente complicidad, como poco a poco íbamos creando una historia para luego recrearla en persona.
Nos besamos descontrolados y no puedo evitar acariciarte y lanzarme de cabeza al infierno de tu cuerpo. Soy una suicida inevitable porque quiero morirme en el infierno que es tu cuerpo y recordar las alegres mariposas que un día dibujaste en mi piel sentada en una silla mientras me susurrabas palabras inocentes al oído para luego transformarlas en una realidad inevitable.