viernes, 27 de abril de 2018

domingo, 4 de marzo de 2018

Una llama en el templo de los dioses


Se enamoró de ella irremediablemente hasta la médula. Su vida se iluminó un poco más. Ya no era aquel chico taciturno y vago que se pasaba el día encerrado en su habitación. Algo cambió en él, en su sonrisa resplandeciente se podía entrever un atisbo de un sueño inalcanzable.
Ella empezó la universidad muy tarde. Sobrepasaba la edad normal de los estudiantes, pero no se sentía sola. Pasaba los trimestres justita, sin grandes méritos, pero le servía para mejorar su cultura a nivel personal.
Él la miraba de reojo. Jamás habló con ella, tan solo la admiraba, observaba sus gestos, su sonrisa y se la imaginaba como en un poema de Petrarca, al igual que una Donna Angelicatta.
Ella, sin embargo, era más terrenal, sufría una terrible enfermedad que no la dejaba dormir por las noches, pero por la mañana se vestía con su mejor sonrisa y afrontaba el mundo con valentía.
Él obtuvo el valor para un buen día decirle hola. Aprovechó la consecuencia de un cruce en el pasillo, y luego le pidió ayuda para buscar un libro en la biblioteca, pues ella lo había conseguido y él no lo encontraba.
Ella se sintió halagada por la petición del chico. Muy amablemente lo acompañó, pero no encontraron el libro en cuestión, había desaparecido de la biblioteca. Después de esto se dirigieron a la cafetería y allí siguieron conversando.
Él empezó a conocerla. Aquel día se fue a casa emocionado, se encerró en su habitación y le dedicó un poema. El sol se puso en el horizonte con sus colores anaranjados y vislumbró su rostro en él. Cuando la noche llegó lo encontró despierto, leyendo el Cancionero de Petrarca.
Ella en el metro empezó a leer los Sonetos de Shakspeare: When most I wink, then do mine eyes best see, for all the day they view things unrespected; But when I sleep, in dreams they look on thee, And darkly bright, are bright in dark directed.
Él se emocionaba al verla cada mañana. Se sentaban juntos y compartían impresiones de las diversas materias del curso. Encontró en ella a alguien con quién hablar de poesía y compartir su afición de poseer libros maravillosos que anotaban en una lista interminable.
Ella empezó a buscarlo una mañana que no lo encontró. Se preocupó de llamarlo para ver si estaba bien, aquella semana no coincidieron en las clases, los diferentes seminarios los separaron por un corto espacio de tiempo y ella comprendió que le faltaba el aliento si no lo veía.
Él se sintió aliviado. Sabía que su vida comenzaba de nuevo en la mañana, y cuando llegaba la noche moría irremediablemente tumbado en su cama, dolido de amor, imaginando un universo paralelo, en donde compartían una vida juntos realizando todos los sueños imposibles.
Ella soñó aquella noche que se curaba. Le quedaba poco tiempo en el mundo corriente de los mortales. Su enfermedad muy avanzada no la dejaba levantarse de la cama. Su vida se apagaba como la llamita de una vela en el templo de los dioses. Su alma empezaba a desprenderse de su cuerpo y la abandonaba cada noche volando hacía el cuarto de él.
Aquella mañana de finales de noviembre, María se despertó en su cama del hospital. Como todas las mañanas, Mario el enfermero le trajo el desayuno, la ayudó a incorporarse y le puso en los labios la taza tibia de leche que María a duras penas podía tragar. Aquel año había sido horrible para ella, ya casi no aguantaba con sus manos los libros que Mario le traía, y él irremediablemente le leía algún pasaje de aquella novela maravillosa de Emily Brönte. A María le gustaba el dulce eco de la voz de Mario, que llenaba la habitación oscura de hospital, le gustaban sus ojos oscuros, su pelo oscuro, su piel morena. Muchas veces le suplicaba que la dejara sola, que no quería estar con nadie, que quería sufrir en silencio. Mario ni la escuchaba, no podía dejar de cuidarla, pues se había enamorado de su paciente hasta la médula. Cuando salía de la habitación, huía como alma que lleva al diablo, con las lágrimas saladas corriendo en tropel por sus mejillas invadiendo su garganta, impotente de ver que María se apagaba, como una llamita en el templo de los dioses.

Él pasó los meses melancólico. La buscaba en los libros, la buscaba en la cafetería, la buscaba en el pequeño merendero al lado de Ramón Turró, donde tantas veces habían conversado, la buscaba en el metro de Marina, la buscaba incluso en el café con leche que pasaba amargo a través de su garganta. Nadie sabía de ella. Su teléfono no contestaba.
Ella volvió a buscarlo, pero ya no tenía cuerpo. Lo acompañaba a las clases, se tomaba con él un café, estudiaba sus mismos libros, lo encontraba en la biblioteca retraído y solo. Intentaba acariciarlo, pero él solo sentía un leve escalofrió y marchaba despavorido de la biblioteca de las Aigües.
(Escrito sobre el 6 de abril del año 2015)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Se vende

Tengo en venta mis labios. No son perfectos, pero son únicos y saben besar.
Los venderé en una subasta y me desaharé de ellos para siempre, sin rencores.
Los vendo maquillados en rojo, aquél que puje más alto por ellos adquirirá el precioso lote completo.
Mis labios saben besar, saben hablar y además guardan silencio cuando es oportuno.
Los vendo por que se volvieron autónomos, hace tiempo que no me hacen caso, viven su vida libremente.
También he de decir que viven torturados por el recuerdo de otros labios. Por eso quiero otros nuevos.
Tengo en venta mis labios.
No son perfectos.
Pero son únicos y saben besar.

domingo, 24 de diciembre de 2017

My knees

Toda mi vida me encontraste de rodillas pidiendo una oportunidad.
Te supliqué una oportunidad que nunca tuve.
Nunca tuve ocasión de ser feliz a tu lado.
A tu lado nunca estuve pues siempre era un rechazo constante.
Te supliqué de rodillas una oportunidad.

Y ahora vuelves derrotado y soy yo la que te encuentra de rodillas.
No.

Quizás te pienses que soy débil.
Quizás pienses que nunca valió la pena estar con una mujer como yo.
¿Y ahora porqué vuelves?
No.

Por mucho que ahora te encuentre de rodillas no es suficiente la súplica a la que me sometes.
No.

Ya no quiero verte más así.
Vuelve por dónde has venido.
Mis rodillas se desgastaron de tanto ruego.
De tanto rezar.
No.

En mis ojos la tristeza se marchó.
Se marchó la benevolencia que mantenía hacia ti.
No.

Mis rodillas se curaron porque alguien me levantó y tendió su mano hacia mi.
Me dijo, se fuerte. Y lo fui.
Algo más placentero llegó.

No.
Vuelve al desastre de tu vida.
Yo ya no estoy para ayudarte.
No.
Soy yo la que ahora dice no.

#Odra

martes, 21 de noviembre de 2017

Eternas Soledades (Felicidad. Emoción número 3)







Soy feliz porque creo en tus lunares desperdigados por tu cuerpo. Intento juntarlos desesperadamente entre beso y beso depositando cada uno en el otro, pero no llego a lograrlo y no me importa porque soy feliz.

Soy feliz más allá de las sábanas de tu cama aunque nos pasemos días sin cambiarlas. En realidad no dormimos en ella, soñamos una realidad paralela en la que el tiempo se detiene y nos da margen a seguir explorando nuestra piel.

Soy feliz entre vino y vino que degustamos al sol un día de otoño cualquiera, entre risas, con amigos, con el sol calentando nuestros huesos porque el verano sigue presente.

Soy  feliz cuando me miras de reojo y siento que me buscas entre las miradas de los presentes. Ellos lo saben, yo también.

Niño travieso soy feliz en tu boca que imagino entre verso y beso entre las paredes rosas de mi habitación.

¿Dónde estás?
Sé que estás por llegar. 
No tardes, aún hay tiempo de ahondar en eternas soledades. 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Sabes que soy yo.

Soy poeta del mundo agreste que te desata.
Soy poeta de tu mirada dulce y seductora.
Soy poeta de la turba que te arrolla y te lleva a contar el sonido de mis pasos.
Soy poeta de la luz de tu vestido multiétnico.
Y también soy poeta de tu boquita roja como una fresa.
Y aún me fascinas.
Me invade la esperanza de ser algo más que un poeta invadido por la nostalgia.
Me fascinas.
Y aún más el repiqueteo impaciente de tus uñas rojas sobre la mesa.
Por que sabes que soy yo.
Tu mundo.
Tu todo.
Yo.
By Cristina Ocaña Chacón
(sobre un texto del 20 de octubre del año 2010)

lunes, 30 de octubre de 2017

Alas

No.
Sigues sin poder mirarme a los ojos.
Me rehuyes.
No me buscas.
Porque yo se la verdad. Eres incapaz de aguantarme la mirada. De decirme la verdad.
Que te vas.
Que me dejas.
Se trata de ser valiente.
No.
Soy yo la que te deja.
He aprendido a volar.
Ya no me hacen falta tus alas.
Me han crecido las mías.
Son preciosas.
Mírame.
Míralas.
Soy yo la que se va...